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Las vacaciones duelen.

Duelen cuando se terminan ya que el rio en el que desenvocan está contaminado de rutina, obligaciones e insignificantes asuntos que hemos convertido en el objetivo de nuestra corriente. Creo que en el argot psiquiátrico le llaman depresión post-vacacional.

Ya me ahogo en esa corriente pero en mi mente todavía me sorprendo conduciendo por la 132 Este por el lado derecho de la línea amarilla. Amenazando con invadirla, se amontonan los impenetrables bosques de abetos sobre la carretera y solo muy de vez en cuando un buzón confirma que allí llegó el hombre a colonizar. La radio molesta y la enmudecemos así que solo el aire quejoso de entrar por la ventana rompe el silencio pero no es suficiente para anular la magestuosidad de las colinas tapizadas de salvajismo natural y del cielo que soportan, puro e inmensamente más grande que este. A menudo el ruido de nuestra presencia asusta a las ardillas que merodean el asfalto y decide que cruzarlo justo a nuestro paso es una idea emocionante y en ese momento tocas suave el freno, miras por el retrovisor por si diez toneladas de camión lleno de troncos te pudieran envestir y buscas un escape por el otro lado de la línea amarilla por si fuera posible no atropellarla con un volantazo y de inmediato buscas su figura por el retrovisor para calmar tu alma que arde en el infierno.
La raya amarilla desciende alejándose del cielo y en uno de sus lados aparece el mar gris, o quizás sea rio todavía, calmado y sin oleaje, concentrado en cumplir el horario de sus mareas y de nutrir de salmones los rios de la zona,… y le sucede la civilizacion que pigmenta de blanco el cesped recién cortado con sus casas de madera. Las playas de piedras que el agua ha pulido pacientemente se arrugan con las algas que dejó la marea junto a los huesos de algunos árboles que ya no cabían en los bosques y un kayak o una vela blanca o ambos se deslizan sobre el agua perezosa.

La flecha todavía no ha llegado al rojo pero se hace obligada una parada para repostar el ineludible café en copa de cartón antes de buscar un motel de buén aspecto. Más tarde, antes de la tormenta, visitaremos el faro que guía a los viejos marinos y la heladería que ocupa la curva,… pero ahora toca rutina.

Juanete,…

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