Cruzar una frontera tiende a lanzarme en brazos de la euforia ya que ante mi se abren las puertas de lo extraño, la diferencia cultural, las contemplaciones, la comparativa y la improvisación, mientras atrás, al otro lado de las banderas, quedan los “más de lo mismo”, los “hay que esto y lo otro” y la caspa. El viaje.
El Rhein es un oxímoron ya que con su canal navegable es una gran arteria de comunicaciones y a su vez ejerce de frontera natural entre Francia y Alemania desde el final de la primera guerra mundial. Dejamos atrás Alsacia, que es un territorio que se lee y habla extraño pues los pueblos rezán nombre en Alemán mientras que la lengua oficial es el francés, y entramos en la región alemana de Baden-Württemberg en donde se encuentra la frondosa Schwartzwald (Selva negra).

Levantamos el campamento en un rudo campingplatz junto al encantador lago Titisee en el que tuve que aprehender a vaciar el lavabo químico que llevamos en la caravana y que inevitablemente un día tenía que llenarse. Desde allí retrocedimos y visitamos la encantadora Freiburg, ciudad universitaria que destaca por su enorme catedral de color granate, sus calles empedradas surcadas por pequeños canales y en la que, a un europeo mediterráneo como yo, le llama muchísimo la atención el no encontrar basura que patear pese a la ausencia de papeleras.
Desde Titisee, hicimos ruta cultural y paramos en Saint Blasien y su mastodóntica escuela para privilegiados económicos con aspiraciones a serlo aún más, donde coincidimos con una de sus fest con casa de España con nuestro estereotipado menú a base de paella y sangría. El pueblo de Titisee es parque temático de cómo utilizar la tarjeta de crédito entre hordas de japonésidos y no mereció nuestra visita y le dedicamos más tiempo a recorrer cascadas entre los bosques -o es al contrario?- con las bicicletas.

Atravesando verdes valles hasta el mar, como decía el extinto candidato a himno nacional, pusimos rumbo al norte con la intención de llegar a la antigüa RDA en busca de esos pequeños detalles que marcan la diferencia y que todavía persistirán entre capitalismo y comunismo, pero a medida que el báltico se nos acercaba el calor convertía el toyota en un horno solar y tras meditarlo y añorar el frescor de los bosques decidimos cambiar de planes (juas, juas, planes!) y tras pasar un par de días en el lago Großer Brombachsee y el parque natural de Altmühltal seguimos ruta hacia el Este. Por el camino hacemos noche en un campingplatz urbano en Regensburg, que además de ser patrimonio de la unesco y estar plagada de bicicletas destaca porque en su universidad estudió Joseph Ratzinger alias “el papa” e incluso fué profesor de dogmática e historia del Dogma, cosa de la que sus habitantes se enorgullecen pues su foto es omnipresente.
En este punto, entre Almühltal y Regensburg conseguí enterrar un trauma que llevaba arrastrando desde que entramos en territorio germano y es que por aquello de las diferencias culturales, los alemanes siguen unas pautas horarias muy diferentes a los que venimos del mundo latino y se dedican a madrugar, comen entre las doce y la una, a las seis de la tarde cenan y después se dan un paseito con el helado para irse a dormir a las nueve mientras que nosotros nos levantamos tarde, comemos a las tres, cenamos a las diez y estiramos hasta las doce o una de la madrugá,… pero esto lejos de ser un problema es cuestión de acostumbrarse a comer después de desayunar y cenar a la hora de merendar pero si uno vive en un campingplatz sufre mucho cuando antes de las comidas el ambiente se llena de un delicioso perfume a carne asándose lentamente sobre unas brasas proveniente de todos y cada uno de las parcelas del campingplatz y… un servidor, con genes de cavernícola carnívoro impulsivo, comiendo ensaladitas. Hasta que no conseguí mi grill (barbacoa en castellano) yo era un ser incompleto.

Dejamos Regensburg al turismo nacional y subimos a los bosques bávaros, frontera con República Checa. Llegamos a Zwießel lloviendo y siguió lloviendo los tres dias que allí estuvimos pero hubieron claros para visitar toda la zona, que no tiene nada que envidiar a la Selva Negra pero que no goza del interés del turismo extranjero. Aquí hay estaciones de esquí, lagos preciosos y bosques inabarcables que dan la sensación que avanzan con la intención de engullirte sin darte el resuello de un claro por el que pueda entrar el sol. El campingplatz que elegimos en esta ocasión era tranquilo y habitado por cuatro jubilados alemanes que jamás tuvieron posibilidad de comprarse una casa en el caribe y plantaron allí su caravana. No se puede decir que fueran antípáticos pero si que de una seriedad que les prohibía exhibir sonrisa alguna aunque paradójicamente la casa de los dueños, que hacía las veces de restaurante, siempre estaba llena de gente y nos quedará la duda de si allí cocinaban muy bién -yo tenía mi grill y no lo comprobé- o eran antropófagos y nosotros formábamos su despensa.


Desde allí le dedicamos un día a visitar la República Checa y en esta ocasión, la frontera, si que nos abrió todo el encanto de las diferencias que acumulan los pueblos a lo largo de su historia en el par de ciudades que visitamos. La herencia soviética es todavía visible en su arquitectura, en el parque móbil y -chachán!- en las miles de tiendas con toda suerte de objetos que los chinos (si, chinos) regentan en los primeros kilómetros de la frontera. Eso y los locales de alegres señoritas.

Después tuvimos un kleine problema que nos obligaría a acercarnos a Passau,… pero eso será otro día.
Juanete,…


2 Comentarios
Precioso aparenta todo en tus fotografías. ¿Cuánto de realidad reflejarán?, eso ya no lo sé.
Los alemanes es que van a 2 tiempos. En el primero, el de contacto, son secotes y anti-risueños. En el segundo, se ablandan y dejan que el maxilar les estire un poco las comisuras.
Discrepo porque no creo en los estereotipos. Son como són!